.- LA LAGUNA GRANDE.
.- La Grita se despereza y sacude su neblina. La luz matinal va iluminando las calles inclinadas de amplias ventanas y balcones de hierro. Los dos viajeros se levantan y contemplan el paisaje a través de la ventana. Las montañas azuladas apenas envueltas en tenues gasas blancas que con el soplo del aire se van esfumando. Eduardo y Alfredo pernoctan en La Grita y se disponían, acompañados de un baquiano, a escalar las cumbres y llegar hasta la Laguna Grande. Desayunaron, recogieron sus morrales y llenaron las alforjas de las mulas con alimentos, cajitas de varios tamaños y cámaras fotográficas.
.- Un poco a pie, otro en mula, los tres hombres se detienen a cada rato para recoger hojas, frutos y pequeñas plantas. Caminan por estrecho sendero. La vegetación, a medida que van ascendiendo va perdiendo en tamaño. Primero se detienen a coger zarzamoras, mas tarde unos pequeños frutos rojos y ácidos que contienen una concentrada dosis de vitamina C, que los campesinos llaman mortiñas.
.- El baquiano, un muchacho fuerte y alto, de tez rosada, característica de las gentes de las cumbres, coge una pequeña fruta morada y se las da a probar:
.- Tomen, están dulces, por ahí las llaman sururas.
.- Gracias, Tomas.
.- De nuevo recogen frutos, ahora son verdosos-morados. Preguntan a Tomas:
.- ¿ Que nombre le dan a estas frutas?.
.- Quemaderas.
.- Los dos botánicos toman nota de todo lo que encuentran a su paso, en un pequeño cuadernillo que introducen en uno de los bolsillos del pantalón.
.- Los viajeros han llegado a los tres mil metros de altura, la atmósfera es diáfana y el sol calienta. Han dejado atrás los pequeños prados cubiertos de florecillas amarillas, azules y rojas; ahora la vegetación es muy baja y la yerba menuda lo cubre todo; de trecho en trecho algún frailejón con sus hojas de terciopelo verde-blancuzco.
.- ¿ Falta mucho para llegar a la Laguna Grande? - pregunta Alfredo.
.- Estamos muy cerca, después de aquel risco.
.- El camino era cada vez más fatigoso y escarpado, habían ascendido casi tres mil quinientos metros, cuando en un pequeño rellano, encontraron unas hierbas aromáticas. Alfredo cogió un puñado de ellas y se las mostró a Eduardo:
.- Mira, ¿ qué te parece?.
.- Sin duda que es dictamo real, sobre él hay muchas leyendas.
.- Dicen que tiene la propiedad de prolongar la vida. Los indios lo creían sagrado.
.- Se sentaron a descansar mientras cogían manojitos de las fragantes yerbas.
.- Tomas repuso:
.- Han tenido suerte al encontrar el dictamo, pues solo los venados la consiguen cuando el sol se asoma a estos paramos y pinta de rosa anaranjada los cristales de la Laguna Grande.
.- Ante sus ojos estaba la enorme mole del pico El Pulpito y un valle en cuyo centro se hallaba una laguna; cerca la cadena de montañas, las estribaciones del páramo El Rosal. El paraje escaso de vegetación lucia desolado. Las rocas grises, las montañas, el color de las aguas, infundían aflicción.
.- Tomas les dijo:
.- ¿ Saben las leyendas de la laguna?.
.- No, ¡ cuéntalas !.
.-
Dicen que la Laguna Grande esta encantada. En determinadas ocasiones, cuando
uno se asoma a sus aguas, se ven en el fondo animales de oro: conejos, gallinas
con pollitos, palmeras con loros, etc. pero eso únicamente lo ven las
personas que le caen bien a ella, todo lo contrario ocurre con las personas
que le son repelentes: Sus aguas se encrespan y enturbian.
.- Y prosiguió:
.- Ese pequeño arroyo que le sirve de desagüe pasa cerca de La Grita. El día que la Laguna Grande se desborde inundara y destruirá el pueblo. Una de sus orillas posee un pequeño barranco y por ese lado amenaza con desbordarse. Este es lugar de silencio y meditación. No se puede hablar en voz alta y mucho menos gritar. Si así lo hiciere se desencadenara una tormenta.
.- Alfredo se queda pensativo, contemplo ensimismado el paisaje. Estuvo absorto mucho rato. Sentado allí en aquel paraje inhóspito medito largamente. Así estuvieron por mucho rato hasta que Eduardo pregunta a su amigo:
.- ¿ Venimos preparados?.
.- ¿ Preparados para que?.
.- Para afrontar la tormenta.
.- Si, venimos prevenidos, pero....¿ crees que pueda llover con este cielo azul y este sol tan brillante?.
.- ¡ Probemos...!
.- ¡ Probemos!.
.- Y antes de que Tomas tuviera tiempo de protestar, colocaron las manos en forma de bocina y gritaron:
.- ¡ Tomas.... ! ¡ Tomas.... ! ¡ Tomas.... !
.- ¡ Eduardo! ¡ Eduardo! ¡ Eduardo!
.- ¡ Alfredo! ¡ Alfredo! ¡ Alfredo!
.- Acto seguido el sol se cubrió de espesas nubes y cayeron gruesos goterones, acompañados de relámpagos y truenos que el eco repetía. Si el paisaje era desolador con el sol, con la lluvia parecía sacado del infierno de dante. Ante semejante estrépito los dos botánicos sonreían y Tomas asustado protestaba:
.-
¡ No han debido gritar!, ¡ El encanto de la Laguna Grande surtió
efecto! A ella no le gustaba que interrumpan su sueño.
Tomado del Libro: "Leyendas del Táchira" de Lolita Robles de Mora
1983.- San Cristóbal - Táchira - Venezuela.