Cuentos de aquí, allá y del más allá....
FABULAS DE ESOPO.
Esopo se supone que vivió entre el 620 y el 560 antes de Cristo, y que fue un esclavo liberado de Frigia.
Fue un fabulista griego antiguo, que relató fábulas personificando animales, y que fueron transmitidas en forma oral.
Se supone que no dejó textos escritos y poco se sabe de él, que en épocas se lo tomó por un personaje legendario.
Sus relatos cortos con personajes en su mayoría de la fauna, dejaban una enseñanza o moraleja explícita o implícita.
Es decir que eran alegorías morales.
Con sus relatos que se conservaron por tradición oral, logró la universalidad y su nombre perduró hasta nuestros días.
Estas fábulas fueron recreadas en verso por el poeta griego Babrio aproximadamente en el siglo II antes de Cristo.
El poeta romano Fedro las reescribió en latín en el siglo primero de la era cristiana.
Las fábulas que conocemos hoy en día, son versiones que se han reconstruido con las reescritas posteriormente al fabulista griego.
Éste ha inspirado e influido en escritores que han desarrollado este tipo de literatura, como Jean de La Fontaine en Francia, en el Siglo XVII, y Félix María de Samaniego, en España en el Siglo XVIII.
Los bueyes y el eje de la carreta.
Arrastraban unos bueyes una carreta cuyo eje chirriaba ruidosamente.
Se volvieron aquellos a la carreta diciendo:
-- Oye amiga --, somos nosotros quienes llevamos la carga.
¿ y eres tú quien se queja ?
En la vida encontrarás a muchos que se fingen cansados de ver trabajar a otros.
El buey y el mosquito.
En el cuerno de un buey se posó un mosquito.
Luego de permanecer allí largo rato, al irse a su vuelo preguntó al buey si se alegraba que por fin se marchase.
El buey le respondió:
-- Ni supe que habías venido.
Tampoco notaré cuando te vayas.
Pasar por la vida, sin darle nada a la vida, es ser insignificante.
La víbora y la zorra.
Arrastraba la corriente de un río a una víbora enroscada en una maraña de espinas.
La vio pasar una zorra que descansaba y exclamó:
Personas perversas siempren conectan con herramientas perversas.
La víbora y la lima.
A un taller de un herrero entró una víbora, pidiéndole caridad a las herramientas.
Después de recibir algo de todas, faltando sólo la lima, se le acercó y le suplicó que le diera alguna cosa.
-- ¡ Bien engañada estás -- repuso la lima -- si crees que te daré algo.
Yo que tengo la costumbre, no de dar, sino de tomar algo de todos !
Nunca debes esperar obtener algo de quien sólo ha vivido de quitarle a los demás.
La víbora y la culebra de agua
Una víbora acostumbraba a beber agua de un manantial, y una culebra de agua que habitaba en él trataba de impedirlo, indignada porque la víbora, no contenta de reinar en su campo, también llegase a molestar su dominio.
A tanto llegó el enojo que convinieron en librar un combate: la que consiguiera la victoria entraría en posesión de todo.
Fijaron el día, y las ranas, que no querían a la culebra, fueron donde la víbora, excitándola y prometiéndole que la ayudarían a su lado.
Empezó el combate, y las ranas, no pudiendo hacer otra cosa, sólo lanzaban gritos.
Ganó la víbora y llenó de reproches a las ranas, pues en vez de ayudarle en la lucha, no habían hecho más que dar gritos.
Respondieron las ranas:
-- Pero compañera, nuestra ayuda no está en nuestros brazos, sino en las voces.
En la lucha diaria tan importante es el estímulo como la acción.
El cisne tomado por ganso.
Un hombre muy rico alimentaba a un ganso y a un cisne juntos, aunque con diferente fin a cada uno: uno era para el canto y el otro para la mesa.
Cuando llegó la hora para la cual era alimentado el ganso, era de noche, y la oscuridad no permitía distinguir entre las dos aves.
Capturado el cisne en lugar del ganso, entonó su bello canto preludio de muerte.
Al oír su voz, el amo lo reconoció y su canto lo salvó de la muerte.
Antes de tomar una acción sobre alguien o algo, ya sea que le beneficie o perjudique, primero debemos asegurarnos de su verdadera identidad.
El cisne y su dueño.
Se dice que los cisnes cantan justo antes de morir.
Un hombre vio en venta a un cisne, y habiendo oído que era un animal muy melodioso, lo compró.
Un día que el hombre daba una cena, trajo al cisne y le rogó que cantara durante el festín. Mas el cisne mantuvo el silencio.
Pero un día, pensando el cisne que ya iba a morir, forzosamente lloró de antemano su melodía.
Al oírle, el dueño dijo:
--Si sólo cantas cuando vas a morir, fui un tonto rogándote que cantaras en lugar de inmolarte.
Muchas veces sucede que tenemos que hacer a la fuerza lo que no quisimos hacer de voluntad.
El gato y las ratas.
Había una casa invadida de ratas. Lo supo un gato y se fue a ella, y poco a poco iba devorando las ratas.
Pero ellas, viendo que rápidamente eran cazadas, decidieron guardarse en sus agujeros.
No pudiendo el gato alcanzarlas, ideó una trampa para que salieran.
Trepó a lo alto de una viga, y colgado de ella se hizo el muerto.
Pero una de las ratas se asomó, lo vio y le dijo:
-- ¡ Oye amiguito, aunque fueras un saco de harina, no me acercaría a tí !
Los malvados, cuando no pueden dañar a sus víctimas directamente, buscan un atrayente truco para lograrlo. Cuídate siempre de lo que te ofrecen como muy lindo y atrayente.
Los ratones y las comadrejas.
Se hallaban en contínua guerra los ratones y las comadrejas.
Los ratones, que siempre eran vencidos, se reunieron en asamblea, y pensando que era por falta de jefes que siempre perdían, nombraron a varios estrategas.
Los nuevos jefes recién elegidos, queriendo deslumbrar y distinguirse de los soldados rasos, se hicieron una especie de cuernos y se los sujetaron firmemente.
Vino la siguiente gran batalla, y como siempre, el ejército de los ratones llevó las de perder.
Entonces todos los ratones huyeron a sus agujeros, y los jefes, no pudiendo entrar a causa de sus cuernos, fueron apresados y devorados.
Cuando adquieras puestos de alto nivel, no te vanaglories, pues mucho mayor que la apariencia del puesto, es la responsabidad de cumplir lo encomendado.
El ratón campestre y el cortesano.
Un ratón campesino tenía por amigo a otro de la corte, y lo invitó a que fuese a comer a la campiña.
Mas como sólo podía ofrecerle trigo y yerbajos, el ratón cortesano le dijo:
-- ¿ Sabes amigo, que llevas una vida de hormiga ?
En cambio yo poseo bienes en abundancia.
Ven conmigo y a tu disposición los tendrás.
Partieron ambos para la corte.
Mostró el ratón ciudadano a su amigo trigo y legumbres, higos y queso, frutas y miel.
Maravillado el ratón campesino, bendecía a su amigo de todo corazón y renegaba de su mala suerte.
Dispuestos ya a darse un festín, un hombre abrió de pronto la puerta.
Espantados por el ruido los dos ratones se lanzaron temerosos a los agujeros.
Volvieron luego a buscar higos secos, pero otra persona incursionó en el lugar, y al verla, los dos amigos se precipitaron nuevamente en una rendija para esconderse.
Entonces el ratón de los campos, olvidándose de su hambre, suspiró y dijo al ratón cortesano:
-- Adiós amigo, veo que comes hasta hartarte y que estás muy satisfecho; pero es al precio de mil peligros y constantes temores.
Yo, en cambio, soy un pobrete y vivo mordisqueando la cebada y el trigo, mas sin congojas ni temores hacia nadie.
Es tu decisión escoger el disponer de ciertos lujos y ventajas que siempre van unido a congojas y sosobras, o vivir un poco más austeramente pero con más serenidad.
El ratón y la rana.
Un ratón de tierra se hizo amigo de una rana, para desgracia suya.
La rana, obedeciendo a desviadas intenciones de burla, ató la pata del ratón a su propia pata.
Marcharon entonces primero por tierra para comer trigo, luego se acercaron a la orilla del pantano.
La rana, dando un salto arrastró hasta el fondo al ratón, mientras que retozaba en el agua lanzando sus conocidos gritos.
El desdichado ratón, hinchado de agua, se ahogó, quedando a flote atado a la pata de la rana. Los vio un milano que por ahí volaba y apresó al ratón con sus garras, arrastrando con él a la rana encadenada, quien también sirvió de cena al milano.
Toda acción que se hace con intensiones de maldad, siempre termina en contra del mismo que la comete.
El milano que quiso relinchar.
Tuvo antiguamente el milano otra voz, una voz penetrante.
Pero oyó un día a un caballo relinchar admirablemente, y lo quiso imitar.
Pero a pesar de todos sus intentos, no logró adoptar exactamente la voz del caballo y perdió además su propia voz.
Así, quedó sin la voz del caballo y sin su voz antigua.
Nunca te dispongas a imitar las cualidades ajenas si no tienes la preparación y condiciones adecuadas para hacerlo, so pena de quedar como un vulgar y fracasado envidioso.
El milano y la culebra.
Raptó un milano a una culebra, elevándose por los aires.
La culebra se volvió y le mordió, cayendo ambos desde lo alto a un precipicio, y el milano murió.
Dijo entonces la culebra:
-- ¡ Insensato !
¿ Por qué has querido hacer mal a quien no te lo hacía ?
En justicia has sido castigado por haberme raptado sin razón.
Nunca busques dañar a tu prójimo, no vaya a ser que sin que lo notes, sea más fuerte que tú, y te haga pagar tus injusticias.
El milano y la gaviota.
Tragó una gaviota un pez demasiado grande y le estalló la garganta, quedando muerta a la orilla de la playa. La vio un milano y dijo:
-- Tienes tu merecido, porque sabiendo de tu capacidad, abusaste de lo que te estaba permitido.
Sabiendo cuales son tus capacidades, nunca intentes sobrepasarlas si no te has preparado para ello.
El alción.
Este pájaro gusta de la soledad y vive siempre a orillas y sobre el mar.
Se dice que para huir de los hombres que le dan caza, hace su nido en las rocas de la orilla.
Un día un alción que iba a poner, se encaramó a un montículo, y divisando un peñasco erecto dentro del mar, hizo en él su nido.
Al otro día que salió en busca de comida, se levantó el mar por una borrasca, alcanzó al nido y ahogó a los pajarillos. Al regresar el alción y ver lo sucedido, exclamó:
-- ¡ Desdichado de mí, huyendo de los peligros conocidos de la tierra, me refugié dentro del mar y me fue peor !
Si tienes que adentrarte en lo desconocido, ten en cuenta la llegada de sorpresas agradables y desagradables.
Nunca te confíes a ciegas de lo que no conoces.
En terrenos nuevos, anda con paso sereno y ojos bien abiertos.
El tordo.
Picoteaba un tordo los granos de un bosquecillo de mirlos, y complacido por el placer de sus pepitas no se decidía a abandonarlo.
Un cazador de pájaros observó que el tordo se acostubraba al lugar y lo cazó.
Viendo el tordo su próximo fin, dijo:
-- ¡ Oh desgraciado !, ¡ por el placer de comer, me he privado de la vida !
Nunca
te excedas de lo que encuentres placentero, no vaya a ser causa de tu desgracia.
La paloma y la hormiga.
Obligada por la sed, una hormiga bajó a un manatial, y arrastrada por la corriente, estaba a punto de ahogarse.
Viéndola en esta emergencia una paloma, desprendió de un árbol una ramita y la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga salvándola.
Mientras tanto un cazador de pájaros se adelantó con su arma preparada para cazar a la paloma.
Le vió la hormiga y le picó en el talón, haciendo soltar al cazador su arma.
Aprovechó el momento la paloma para alzar el vuelo.
Siempre corresponde en la mejor forma a los favores que recibas. Debemos ser siempre agradecidos.
La golondrina y el hijo pródigo.
Un hijo pródigo, habiendo derrochado su patrimonio, sólo le quedaba un manto.
De repente vio a una golondrina que se había adelantado a la estación.
Creyendo que ya llegaba la primavera, y que por lo tanto no necesitaría más del manto, fue también a venderlo.
Pero regresó el mal tiempo y el aire se puso más frío.
Entonces, mientras se paseaba, halló a la golondrina muerta de frío.
-- ¡ Desgraciada ! -- le dijo -- nos has dañado a los dos al mismo tiempo.
Toma nota de si es la hora correcta antes de ejecutar una decisión.
Una acción a destiempo puede ser desastrosa.
La gaviota, el espino y el murciélago.
Se asociaron una gaviota, un murciélago y un espino para dedicarse juntos al comercio.
El murciélago buscó dinero, el espino unas telas, y la gaviota, una cantidad de cobre.
Hecho lo cual aparejaron un barco.
Pero surgió una tremenda borrasca hundiéndose la barca y perdiéndose la carga; sólo salvaron sus vidas.
Por eso desde entonces la gaviota revolotea siempre al acecho en las orillas para ver si el mar arroja en alguna playa su cobre; el murciélago, huyendo de sus acreedores, sólo sale de noche para alimentarse; y el espino, en fin, apresa la ropa de los viajeros tratando de reconocer sus telas.
Siempre volvemos a lo que es de nuestro verdadero interés.
Los murciélagos y las comadrejas.
Cayó un murciélago a tierra y fue apresado por una comadreja.
Viéndose próximo a morir, imploró el murciélago por su vida.
Le dijo la comadreja que no podía soltarle porque de nacimiento era enemiga de los pájaros.
El murciélago replicó que no era un pájaro sino un ratón, librándose con esta astucia.
Algún tiempo después volvió a caer de nuevo en las garras de otra comadreja, y le suplicó que no lo devorara.
Contesto esta comadreja que odiaba a todos los ratones.
El murciélago le afirmó que no era ratón sino pájaro.
Y se libró así por segunda vez.
Sepamos siempre adaptarnos a las circunstancias del momento si deseamos sobrevivir, en cualquier rama de la vida que actuemos.
El murciélago y el jilguero.
Un jilguero encerrado en una jaula colgada en una ventana cantaba de noche.
Oyo un murciélago desde lejos su voz, y acercándosele, le preguntó por qué cantaba sólo de noche.
-- No es sin razón -- repuso -- porque de día cantaba cuando me atraparon, pero desde entonces aprendí a ser prudente.
-- ¡ Pues no es ahora cuando debías serlo, pues ya estás bien enjaulado, sino debió haber sido antes de que te capturaran ! -- replicó el murciélago.
La prudencia es para vivirla antes de caer en el error, no para después de la desgracia.
Las moscas.
De un panal se derramó su deliciosa miel, y las moscas acudieron ansiosas a devorarla.
Y era tan dulce que no podían dejarla.
Pero sus patas se fueron prendiendo en la miel y no pudieron alzar el vuelo de nuevo.
Ya a punto de ahogarse en su tesoro, exclamaron:
-- ¡ Nos morimos, desgraciadas nosotras, por quererlo tomar todo en un instante de placer !
Toma siempre las cosas más bellas de tu vida con serenidad, poco a poco, para que las disfrutes plenamente. No te vayas a ahogar dentro de ellas.
La hormiga.
Dice una leyenda que la hormiga actual era en otros tiempos un hombre que, consagrado a los trabajos de la agricultura, no se contentaba con el producto de su propio esfuerzo, sino que miraba con envidia el producto ajeno y robaba los frutos a sus vecinos.
Indignado Zeus por la avaricia de este hombre, le transformó en hormiga.
Pero aunque cambió de forma, no le cambió el carácter, pues aún hoy día recorre los campos, recoge el trigo y la cebada ajenas y los guarda para su uso.
Aunque a los malvados se les castigue severamente, difícilmente cambian su naturaleza desviada.
La hormiga y el escarabajo.
Llegado el verano, una hormiga que rondaba por el campo recogía los granos de trigo y cebada, guardándolos para alimentarse durante el invierno.
La vio un escarabajo y se asombró de verla tan ocupada en una época en que todos los animales, descuidando sus trabajos, se abandonan a la buena vida.
Nada respondió la hormiga por el momento; pero más tarde, cuando llegó el invierno y la lluvia deshacía las boñigas, el escarabajo hambriento fue a pedirle a la hormiga una limosna de comida.
Entonces sí respondió la hormiga:
-- Mira escarabajo, si hubieras trabajado en la época en que yo lo hacía y tú te burlabas de mí, ahora no te faltaría el alimento.
Cuando te queden excedentes de lo que recibes con tu trabajo, guarda una porción para cuando vengan los tiempos de escasez.
Los dos escarabajos.
Pacía un toro en una pequeña isla, y dos escarabajos se alimentaban de su boñiga.
Llegado el invierno, uno de ellos dijo al otro que iba a cruzar el mar a fin de que su compañero tuviera suficiente alimento, mientras él pasaría el invierno en tierra firme.
Agregó que si encontraba comida en abundancia le traería a él también.
Cuando el escarabajo llegó al continente, encontró en él muchas y frescas boñigas, por lo que se estableció allí y se alimentó abundantemente.
Pasó el invierno y volvió a la isla.
Al verle su compañero gordo y saludable, le reprochó que no le hubiera llevado nada de lo prometido.
-- No me culpes a mí -- repuso --, sino a la naturaleza del lugar, porque se puede encontrar con qué vivir en él, pero es imposible alzar vuelo con tanta carga.
Siempre encontrarás supuestos amigos muy buenos para adular y prometer, pero no pasan de ahí, negándose a la hora real, de dar un servicio.
Los delfines, la ballena y la caballa.
Delfines y ballenas libraban entre sí una batalla.
Como la lucha se prolongaba con encarnizamiento, una caballa (que es un pez pequeño) salió a la superficie y quiso reconciliarlos.
Pero un delfin tomó la palabra y dijo:
-Nos humilla menos combatirnos y morir los unos por los otros, que tenerte a tí por mediador.
Hay personas sin valor alguno, que en épocas de confusión, se llegan a creer grandiosos.
La langosta y su madre.
- No andes atravesada y no roces tus costados contra la roca mojada, - decía una langosta a su hija.
-Madre, - repuso ésta,- tú, que quieres instruirme, camina derecha y yo te miraré y te imitaré.
Antes de decir un consejo, primero dalo con tu ejemplo.
El tordo.
Un tordo picoteaba los granos de un bosquecillo de mirlos y, complacido por la dulzura de sus pepitas, no se decidía a abandonarlo.
Un
cazador de pájaros observó que el tordo se acostumbraba al lugar
y lo cazó con liga.
Entonces el tordo, viendo próximo su fin, dijo:
-Desgraciado! ¡Por el placer de comer me he privado de la vida!
Nunca dejes que un momentáneo placer te cierre las puertas de por vida.
El castor.
El castor es un animal que vive en los pantanos.
Ciertas de sus partes sirven, según dicen, para curar algunas enfermedades.
Por eso cuando se ve descubierto y perseguido para cortarle las partes, sabiendo por qué le persiguen, huye hasta alguna distancia, sirviéndose de la rapidez de sus pies para conservarse intacto; pero cuando se ve perdido, él mismo corta sus partes, las arroja y salva de este modo su vida.
A veces deshacerse de algunas fortunas puede significar evitarse una tragedia.
El sol y las ranas.
Llegó el verano y se celebraban las bodas del Sol.
Regocijábanse todos los animales del acontecimiento, faltando poco para que también las ranas fueran de la partida; pero una de ellas exclamó:
-¡Insensatas!
¿Qué motivo tenéis para regocijaros?
Ahora que es él solo, seca todos los pantanos; si toma mujer y tiene un hijo como él ¿qué nos quedará por sufrir?
Antes de celebrar un acontecimiento, primero ve sus futuras consecuencias.
Los árboles que querían rey.
Decididos un día los árboles a elegir un rey que los gobernara, dijeron al olivo:
-Reina en nosotros.
Y el olivo contestó:
-¿Renunciar yo al líquido aceite que tanto aprecian en mí los dioses y los hombres, para ir a reinar entre los árboles?
Y los árboles buscaron a la higuera pidiéndole:
-Ven a reinar entre nosotros.
Y la higuera respondió igualmente:
-¿Renunciar yo a la dulzura de mis frutos para ir a reinar entre vosotros?
Entonces los árboles dijeron al espino:
-Ven a reinar en nosotros.
Y el espino respondió a los árboles:
-Si en verdad queréis ungirme para reinar entre vosotros, venid a poneros bajo mi amparo, o si no que surja el fuego de la espina y devore los cedros del Líbano!
El nogal.
Un nogal que había crecido al pie de un camino y al cual los caminantes herían a pedradas para tomar sus frutos, dijo para sí suspirando:
¡Infeliz de mí que todos los años me atraigo injurias y dolores ! -
Hay quienes por no tener a buen recaudo sus bienes, sólo obtienen desdichas.
El abeto y el espino.
Disputaban entre sí el abeto y el espino.
Se jactaba el abeto diciendo:
-Soy hermoso, esbelto y alto, y sirvo para construir las naves y los techos de los templos.
¿Cómo tienes la osadía de compararte a mí?
-¡Si recordaras-replicó el espino- las hachas y las sierras que te cortan, preferirías la suerte del espino!
Busca siempre la buena reputación pues es una gran honra, pero sin jactarte por ello, y también cuídate de los que quieren aprovercharse de ella para su propio provecho.
La lámpara.
Borracha de aceite una lámpara y lanzando una luz poderosa, jactábase de ser más brillante que el sol.
Pero en eso sopló un fuerte viento y se apagó enseguida.
Alguien volvió a encenderla y le dijo:
-Ilumina, lámpara, pero cállate: el resplandor de los astros nunca se eclipsa tan facilmente como el tuyo.
Nunca nos jactemos como si fuera de nuestra propiedad aquello que no depende de nosotros.
La bruja.
Una bruja tenía como profesión vender encantamientos y fórmulas para aplacar la cólera de los dioses; no le faltaban clientes y ganaba de este modo ampliamente la vida.
Pero fue acusada por ello de violar la ley, y, llevada ante los jueces, sus acusadores la hicieron condenar a muerte.
Viéndola salir del tribunal, un observador le dijo:
-Tú, bruja, que decías poder desviar la cólera de los dioses, ¿cómo no has podido persuadir a los hombres?
Nunca creas en los que prometen hacer maravillas en lo que no se ve, pero son incapaces de hacer cosas ordinarias.
La esclava fea y Afrodita.
Una esclava fea y mala gozaba del amor de su amo.
Con el dinero que éste le daba, la esclava se embellecía con brillantes adornos, rivalizando con su propia señora.
Para agradecer a Afrodita que la hiciera bella, le hacía frecuentes sacrificios; pero la diosa se le apareció en sueños y dijo a la esclava:
-No me agradezcas el hacerte bella, si lo hago es porque estoy furiosa contra ese hombre a quien pareces hermosa.
No te ciegues por lo crees tu tesoro, no vaya a ser que sólo sea una carencia en tus vecinos.
La mujer y la gallina.
Una mujer viuda tenía una gallina que le ponía un huevo todos los días.
Pensó que si le daba más cebada pondría dos huevos, y aumentó su ración.
Pero la gallina engordó y ya no pudo ni poner una vez al día.
Si sin control ni sabiduría forzas lo que ya te está sirviendo para que te dé más, sólo obtendrás que perderás lo que ya tienes.
La mujer y el marido borracho.
Tenía una mujer un marido borracho.
Para librarle de este vicio imaginó la siguiente treta.
Esperando el momento en que su marido se quedaba insensible como un muerto a causa de la embriaguez, cargó con él sobre sus espaldas, lo llevó al cementerio y allí lo dejó.
Cuando juzgó que ya se le había pasado la mona, volvió y llamó a la puerta del cementerio.
-¿Quién llama ahí?-dijo el borracho.
-Soy yo, que traigo la comida a los muertos contestó la mujer.
-No me traigas comida; prefiero que me traigas de beber - replicó el borracho.
Y la mujer, golpeándose el pecho, exclamó:
-¡Qué desdichada soy!
Ni siquiera mi treta ha hecho sobre tí el menor efecto, marido mío, pues no sólo no te has corregido, sino que te has agravado, convirtiéndose tu vicio en una segunda naturaleza.
No dejes que una conducta equivocada domine tu vida. Pon tu razón sobre la equivocación.
La vieja y el médico.
Una vieja enferma de la vista llamó con la promesa de pagarle, a un médico.
Este se presentó en su casa, y cada vez que le aplicaba el ungüento no dejaba, mientras la vieja tenía los ojos cerrados, de robarle los muebles poco a poco.
Cuando ya no quedaba nada, terminó también la cura, y el médico reclamó el salario convenido.
Se negó a pagar la vieja, y aquél la llevó ante los jueces.
La vieja declaró que, en efecto, le había prometido el pago si le curaba la vista, pero que su estado, después de la cura del médico había empeorado.
-Porque antes - dijo - veía todos los muebles que había en mi casa, y ahora no veo ninguno.
A los malvados, sus mismos actos los delatan.
La viuda y las criadas.
Una viuda muy laboriosa tenía unas jóvenes criadas a las que despertaba por la noche al canto del gallo para empezar el trabajo.
Ellas, extenuadas siempre de fatiga, resolvieron matar el gallo de la casa por ser él a sus ojos el causante de su desgracia, puesto que despertaba a su señora antes de que abriese el día.
Mas ejecutado el propósito se encontraron con que habían agravado su mal, porque su señora, no teniendo el gallo que le indicaba la hora, las hacía levantar antes para ir al trabajo.
Nunca creas que la causa de tus problemas es lo que primero se atravieza ante tus ojos.
Piensa en qué sucedería si eliminas lo que estás viendo como posible causa.
El adivino.
Instalado en la plaza pública, un adivino se entregaba a su oficio.
De repente se le acercó un quídam, anunciándole que las puertas de su casa estaban abiertas y que habían robado todo lo que había en su interior.
Levantóse de un saldo y corrió, desencajado y suspirando, para ver lo que había sucedido.
Uno de los que allí se encontraban, viéndole correr, le dijo:
-Oye, amigo: tú que te picas de prever lo que ocurrirá a los otros, ¿por qué no has previsto lo que te sucedería a ti?.
Siempre hay personas que pretenden dirigir lo que no les corresponde, pero no pueden manejar sus propios asuntos.
El apicultor.
Un ladrón se introdujo en casa de un apicultor durante su ausencia, robando miel y panales.
A su regreso, el apicultor, viendo vacías las colmenas, se detuvo a examinarlas.
En esto, las abejas, volviendo de libar y encontrándole allí, le picaron con sus aguijones y le maltrataron horriblemente.
-iMalditos bichos -les dijo el apicultor-, dejaron marchar sin castigo al que les había robado los panales, y a mí que les cuido con cariño, me hieren de un modo implacable!
Muchas veces sucede que vemos con desconfianza a nuestros amigos, pero por ignorancia le tendemos la mano a quien es nuestro enemigo.
El astrónomo.
Tenía un astrónomo la costumbre de pasear todas las noches estudiando los astros.
Un día que vagaba por las afueras de la ciudad, absorto en la contemplación del cielo, cayó inopinadamente en un pozo.
Estando lamentándose y dando voces, acertó a pasar un hombre, que oyendo sus lamentos se le acercó para saber su motivo; enterado de lo sucedido, dijo:
-¡Amigo mío! ¿quieres ver lo que hay en el cielo y no ves lo que hay en la tierra?
Está bien mirar y conocer a nuestro alrededor, pero antes hay que saber donde se está parado.
El semidios.
Un hombre tenía en su casa un semidiós, al que ofrecía ricos sacrificios.
Como no cesaba de gastar en estos sacrificios sumas considerables, el semidiós se le apareció por la noche y le dijo:
-Amigo mío, deja ya de dilapidar tu riqueza, porque si te gastas todo y luego te ves pobre, me echarás a mí la culpa.
Si gastas tus riquezas en cosas innecesarias, no le eches luego la culpa de tus problemas a nadie más.
Los dos enemigos.
Dos hombres que se odiaban entre sí navegaban en la misma nave, uno sentado en la proa y otro en la popa.
Surgió una tempestad, y hallándose el barco a punto de hundirse, el hombre que estaba en la popa preguntó al piloto que cuál era la parte de la nave que se hundiría primero.
-La proa - dijo el piloto.
-Entonces repuso este hombre - no espero la muerte con tristeza, porque veré a mi enemigo morir antes que yo.
Muy mezquina actitud es preferir ver sufrir a los enemigos que inquietarse por el daño que irremediablemente se está a punto de recibir.
El anciano y la muerte.
Un día un anciano, después de cortar leña, la cargó a su espalda.
Largo era el camino que le quedaba.
Fatigado por la marcha, soltó la carga y llamó a la Muerte.
Esta se presentó y le preguntó por qué la llamaba; contestó el viejo:
-Para que me ayudes a cargar la leña...
Por lo general, el impulso por la vida es más fuerte que su propio dolor.
El bandido y la morera.
Un bandido que había asesinado a un hombre en un camino, al verse perseguido por los que allí se encontraban, abandonó a su víctima ensangrentada y huyó.
Pero viéndole unos viajeros que venían en sentido contrario, le preguntaron por qué llevaba las manos tintas; a lo que respondió que acababa de descender de una morera.
Entretanto llegaron sus perseguidores, se apoderaron de él y le colgaron en la morera. Y el árbol dijo:
-No me molesta servir para tu suplicio, puesto que eres tú quien ha cometido el crimen, limpiando en mí la sangre.
A menudo ocurre que personas bondadosas, al verse denigrados por los malvados, no tienen duda en mostrarse también malvados contra ellos.
El cazador miedoso y el leñador.
Buscando un cazador la pista de un león, preguntó a un leñador si había visto los pasos de la fiera y dónde tenía su cubil.
-Te señalaré el león mísmo. -dijo el leñador.
-No, no busco el león, sino sólo la pista- repuso el cazador pálido de miedo y castañeteando los dientes.
Si quieres ser atrevido en las palabras, con más razón debes ser valiente con los actos.
El cazador de pájaros y el aspid.
Un cazador de pájaros cogió la liga y las ramitas untadas y partió para la caza.
En el camino vio a un tordo encaramado en un árbol elevado y se propuso cazarlo, para lo cual ajustó las varitas como suelen hacerlo y, mirando fijamente, concentró en el aire toda su atención.
Mientras alzaba la cabeza, no advirtió que pisaba un áspid dormido, el cual, revolviéndose, le mordió.
Y el cazador, sintiéndose morir, exclamó para sí:
- Desdichado! Quise atrapar una presa, y no advertí que yo mismo me convertía en presa de la muerte.
Cuando pensamos en dañar a nuestro prójimo, no nos damos cuenta de nuestra propia desgracia.
El enfermo y su doctor.
Habiéndole preguntado un médico a un enfermo por su estado, contestó el enfermo que había sudado más que de costumbre.
-Eso va bien dijo el médico.
Interrogado una segunda vez sobre su salud, contestó el enfermo que temblaba y sentía fuertes escalofrios.
-Eso va bien -dijo el médico.
Vino a verle el médico por tercera vez y le preguntó por su enfermedad.
Contestó el enfermo que había tenido diarrea.
-Eso va bien -dijo el médico, y se marchó.
Vino un pariente a ver al enfermo y le preguntó que cómo iba.
-Me muero -contesto- a fuerza de ir bien.
Por lo general, quienes nos rodean nos juzgan por las apariencias y nos consideran felices por cosas que en realidad nos producen profundo dolor.
El médico ignorante.
Un médico ignorante trataba a un enfermo; los demás médicos habían asegurado que, aunque no estaba en peligro, su mal sería de larga duración; únicamente el médico ignorante le dijo que tomara todas sus disposiciones porque no pasaría del día siguiente.
Al cabo de algún tiempo, el enfermo se levantó y salió, pálido y caminando con dificultad. Nuestro médico le encontró y le dijo:
-¿Cómo están, amigos, los habitantes del infiemo?
- Tranquilos - contestó -, porque han bebido el agua del Lecteo.
Pero últimamente Hades y la Muerte proferían terribles amenazas contra los médicos porque no dejan morir a los enfermos, y a todos los apuntaban en su libro.
Iban a apuntarte a tí también, pero yo me arrojé a sus pies jurándoles que no eras un verdadero médico y diciendo que te habían acusado sin motivo.
Ten cuidado con los que pretenden arreglar tus problemas sin tener preparación para ello.
Tomado del Libro: "Cuentos de aquí, allá y del más allá" de Gabriel Gutiérrez
Sábado 01 de septiembre de 2001.- San Cristóbal - Táchira - Venezuela.