.- EL CAMINO REAL DE EL COBRE A SEBORUCO.
.- Entre los encantos dejados por los indios Bocaqueos en las cercanías de El Cobre, están los del camino real de El Cobre a Seboruco.
.- Los arrieros transitaban por el camino que pasaba por La Ramada, Angostura, Guacaveca, Santa Ana, Salina, Seboruco y también por El Vallado, Las Vegas y Los Loros. Al bordear el cerro encantado iban con mucha preocupación y dejaban de trecho en trecho un paquete con chimo, tabaco o sal. El que no lo hiciere caería en los encantos de los indios.
.- Una mañana muy temprano salió don Esteban con su mula a llevar unas cargas de ajos y cebollas a Seboruco. Siguió al trote por el camino empedrado cerro arriba. Poco después de pasar El vallado se perdió. Escuchaba voces y gritos en dialecto indígena que no comprendía. Estas voces se acercaban, se alejaban y el no veía nadie. Parecía que un centenar de indios hablaban a su alrededor, sujetaban las bridas de su mula y le quitaba la carga. Luego, lo llevaron hasta la cima y lo tuvieron deambulando un tiempo. El sol, la niebla, él frió de la noche y la falta de alimentos lo delibitaron. Don Esteban sentía que todo le daba vueltas y después esas voces, esos gritos, esas conversaciones ininteligibles, y lo peor de todo, los personajes eran invisibles. Sabían que hablaban a su lado, pero el no podía verlos. Se daba cuenta de que manos invisibles revisaban sus alforjas, quizás buscando sal o chimo. Pasaron así varios y don Esteban no podía coordinar donde estaba ni que era lo que pasaba. Se sentía cada vez más débil y los avios que llevaba para el camino se habían terminado. Se encontraba en un sendero desconocido, perdido, sin alimentos y escuchando voces extrañas a su alrededor. No sabia que determinación tomar.
.- Don Esteban como pudo llevo su mula a un pequeño arroyo. La amarro a un árbol cercano y después le dejo que pastara y tomara agua a su antojo. Él bebió un poco de agua fría, se arrebujo en su ruana y se acostó debajo de un árbol. Tenia muchos días sin dormir. Las voces de los indios y las luces de sus teas no le habían permitido el descanso.
.- Poco después pasaron por el lugar unos arrieros que iban a Seboruco y al reconocer a don Esteban lo llamaron por su nombre. Como no contestara se acercaron a el y lo sacudieron.
.- Tampoco reacciono, le dieron unos tragos de mistela y le hablaron con suavidad. Al cabo de un rato abrió los ojos y los miro, luego pregunto:
.- ¿ En donde estoy? - y recordando, prosiguió:
.-
Ah...., ya hace días que salí de casa y me perdí, me
aleje de la ruta acostumbrada y sufrí los encantos del cerro; Eso me
paso por venir solo y no traer tabaco, sal ni chimo.
Tomado del Libro: "Leyendas del Táchira" de Lolita Robles de Mora
1983.- San Cristóbal - Táchira - Venezuela.